Tuesday, June 28, 2011

FLORES SALGADO APARECE EN NOTA DE EL MERCURIO


Roberto Flores Salgado apareció en la edición de El Mercurio del domingo 19 de junio, a propósito del uso de tecnología en la sala de clases. La nota trataba sobre un estudio norteamericano que defendía la utilización del celular como herramienta educativa.

En la ocasión habló de las ventajas del celular, lo cual se traduce en la posibilidad de descargar libros en PDF, también audiolibros en formato MP3, sacar fotografías o filmar videos de actividades que ocurren al interior de la sala de clases.

El contacto con el docente surge a raíz del premio obtenido por él el año recién pasado, además de su cercanía con el tema de TIC, área en que se ha especializado en forma autodidacta.

Thursday, October 21, 2010

SINDICATO (CUENTO INÉDITO)


Los ángeles coadyuvan la labor de un ser supremo. A veces están entre nosotros, sin ser perceptibles por el ojo humano. Otras, en cambio, se manifiestan corpóreamente. Algunos textos ahondan en el punto. Cuentan las experiencias cobre la irrupción de seres de rostro cobrizo, de complexión recia, mirada profunda. Nunca andan solos; visten pantalones oscuros, camisas holgadas de tonos pálidos.
Por lo general acostumbro a buscar en librerías libros relacionados con el tema. Por eso me fue imposible filtrar una acción, a todas luces morbosa, teñida, no obstante, con los matices de la diplomacia: sentarme al lado de ella, la joven de rasgos anglosajones y leer, ayudado de su mala comprensión del castellano, más rápido de lo habitual, para no perderme párrafo del texto.
Antes de llegar a la estación terminal, no obstante, el acto asumido fue delatado y me sentí pésimo, humillado con razón por la mirada de mi objeto. El curso de los acontecimientos, sucedidos los segundos después, fue raro en dos aspectos: la chica pareció sentir el desdén (como si ella fuese la culpable de algo) y, por otro lado, el evento me supo a un dejavú. Rápido, la muchacha se levantó, en una acción que más pareció una huida y se dirigió a una puerta próxima.
Fue el pensamiento recursivo que me acompañó durante la noche, hasta que el mundo se me comenzó a mover, sentado en el bar de mala muerte y tomé un taxi hasta el departamento. Ahí, con la presión del mundo sobre el cuerpo me quedé dormido.
Al siguiente día bajé rápido, con la piel aún húmeda, y subido al auto, salí del edificio con dirección al trabajo.
Ashwell me esperaba sentado en mi puesto. Tomaba un café y sostenía en el rostro una expresión solidaria.
- Paula se encontró ayer con Nora – me dijo. Luego apuntó a la máquina de café. Alcé la mano como diciéndole “no te preocupes, yo me sirvo”.
- ¿Cómo está? – indagué tragando saliva
- Se ve bien… Te envió una carta. Aquí está.
Se levantó, me entregó la nota y me palmoteó la espalda. Mientras tomaba el café, leí con pensamientos desarticulados cada línea. Al cerrarla, una gota de café tiñó el papel plegado.

II
El bar de costumbre contenía todos los elementos comunes que resaltaban cada noche. Sin embargo, un detalle cambiaba todo: la presencia de una mujer madura, algo atractiva, que se ubicaba sola, en las mesas cercanas a los baños.
Tomé lo mismo de todas las noches. Recorrí en silencio los parajes por los que viajaba cada noche, el encuentro con Nora, nuestras tardes de risas, nuestro matrimonio en las orillas del lago, nuestras caminatas por los bosques sureños. Y también aquellos valles de sombras de muerte por los que pasamos, la acumulación de breves acometidas, serios verbos hirientes, el silencio por días. Todo lo que nos llevó a distanciarnos; la incertidumbre de una razón no concreta; el miedo de que quizás nunca nos amamos realmente.
Pipeño, uno de los parroquianos, cuando me encontraba absorto en estos pensamientos, me alcanzó un papel. De paso me hizo señas con su rostro, apuntando a la mujer. Le sonreí, dándole las gracias. La mujer seguía impávida, moviendo el resto de vino que quedaba en su copa. Luego pensé que ocupaba el lugar de un hombre de ojos claros que frecuentaba igual que yo el bar.
El papel decía: “Uno no sabe el valor de las cosas, hasta que las pierde”. Luego de leer varias veces, de reparar en la caligrafía, en la textura del papel, en la figura impávida de la mujer que seguía jugando con el resto del líquido en la copa, bloqueé toda impresión primera y pensé que si en algo el texto me interpretaba, debía ser por cierta casualidad, el albur de la generalidad. Cada uno lee desde sus necesidades. Sin embargo, un estrépito inundó mi alma, pensando en que dicha señal podía corresponder a una acción claramente providencial. No perdía nada. Tomé mi copa y me dirigí a la mesa de la mujer. En segundos me ubiqué frente de sí y la miré a los ojos.
- Usted… me envió este papel – le dije. Ella con un gesto neutro, quizá demasiado estudiado, me miró y sonrió, en los límites de dicha pauta. Luego replicó:
- Sí.
- ¿Puedo sentarme a su lado?
- Desde luego.
Con cierto pudor me senté, mientras ella seguía con el árido rito del balanceo del líquido oscuro en la copa. Sentí que el papel enviado, no representaba ninguna excusa para iniciar una plática y eso me incomodó. Quizás el ciclo de la comunicación culminaba ahí; como los panfletos políticos. Pero después de un instante de insufrible silencio, a punto de abandonar la mesa para ir a mi puesto original, la mujer mudó el rostro rígido por uno más humano y habló.
- Necesitamos de su ayuda, señor Stambuck.
- ¿Cómo sabe mi apellido? – le dije, descolocado.
- No puedo explicarle ahora, sabe, a no ser que nos comprometa su ayuda – Por primera vez leía algo de emoción en su rostro. Aquélla parecía una súplica sincera – Si usted nos colabora, también podemos colaborarle.
- ¿A quién se refiere cuando dice “nos colabora”? ¿Es que acaso forma parte de un grupo? – indagué con mayúscula duda.
- Señor Stambuck: sabemos que está a punto de separarse, que duda si efectivamente ama a su mujer… - le miré a los ojos, no pude más con el asombro.
- ¿Cómo lo sabe?
- Desea con todo su ser saber si ama, para no escatimar esfuerzo alguno en rescatar la relación…
- No trate de engañarme. Cuénteme, ¿escuchó usted alguna conversación sostenida con Pipeño en este mismo bar? ¿Lo conoció alguna vez? – del asombro pasé a la desesperación.
- No puedo darle mayores detalles – luego se detuvo-. Por favor, Stambuck, no puedo proseguir. Si es que usted desea ayudarnos, no dude en hacerlo.
- Pero, por Dios, ¿ayudarlos de qué? – dije, conteniendo mis ansias de gritarle con vehemencia.
- Aquí tiene mi tarjeta. Piénselo de aquí a mañana.
¿Cómo alguien podía saber ciertos aspectos de mi vida privada? ¿Sería acaso una conocida de mi mujer que deseaba enterarse de lo que realmente sentía, desconfiando de mis sentimientos proferidos hacia ella, queriendo triangular una información, a la usanza de las investigaciones policiales?
Antes de frenar esa intromisión mayúscula (quien cree otorga autoridad a otro) soltó una frase que evidenció que mis aprehensiones eran constructos equívocos.
- Recuerde la chica en el vagón del metro.
- ¿Quién?
- La del libro de ángeles, Stambuck
- No vi a ninguna chica – mentí.
- O la ausencia en este bar del señor de ojos verdes.
- ¿El calvo?
- El calvo. No se equivoca.
¿Cómo sabía del incidente con la muchacha de ojos claros, de la existencia del parroquiano que con devoción asistía al bar, o de mis problemas maritales y decisiones futuras? Rápidamente entablé relaciones, recordé el rostro culpable de la rubia en el metro, seguro no debía ser vista y, sin embargo, se había evidenciado, por eso el rubor, la incomodidad y la ulterior huída. La mujer se encontraba ahí para darme el mensaje en el momento exacto, luego de los informes del calvo que cada noche me observaba. He ahí el panorama. He ahí también el seguimiento.
- No puedo ayudarle.
- Estúdielo, por favor, señor Stambuck.
Me alcanzó una tarjeta de presentación que nada más contenía su nombre de pila y un número telefónico de red fija. Rápido, sin despedirme de ella, me largué, tomé un taxi y me dirigí a mi apartamento.

III
A media tarde, tras pedir permiso en el trabajo, caminé horas enteras alrededor de la sala. La curiosidad me hacía zozobrar entre dos pensamientos: discar el número entregado por la mujer o bien, despojarme de la posibilidad de considerar ese encuentro como parte de un plan mayor, la articulación de un plan cósmico por ayudarme a volver a la armonía marital perdida.
Esgrimiendo la última opción, extraje de mi chamarra la tarjeta y disqué el número. El primer intento, no obstante, no fue acertado; dudé por un minuto del carácter místico del episodio: respondió de mala forma una mujer que me ordenó dejara de molestar. Corroboré enseguida el número. Seguramente había discado mal; esta vez me senté y marqué uno a uno, con calma limítrofe. Tras dos o tres pitazos me pareció haber oído a la misma agria mujer, pronunciar las mismas déspotas palabras. Esta vez corté, para evitarme el disgusto de oír voces violentas.
De la angustia pasé a la incertidumbre mayor. Alguien que necesita ubicar a otro con urgencia, ¿deja pasar el detalle de consignar mal su número telefónico, el único posible vínculo que pudiese tener?
Me senté al lado del teléfono, cavilando llamar por última vez, aunque pensé improbable el equívoco consecutivo. Estaba consciente de que la segunda vez había presionado las teclas con concentración mántrica. No había lugar para dudas: el número había sido mal escrito y, posiblemente, todo se debiera a una broma de mal gusto.
Empero el teléfono sonó cinco minutos después y el aparato receptor señaló el mismo número discado antes por mí. Contesté.
- Aló.
- Stambuck, ¿está ahí? – era la voz de Lila, la mujer del bar.
- Sí. Soy yo. ¿Qué pasó? Pensé que había marcado mal.
- No. No se preocupe, es un problema interno. Todo está bien – hizo una pausa, en el auricular sentí un ruido de jaleo, tal vez unos gritos-. Le llamo para saber si está interesado en ayudarnos.
- Desde luego.
- Stambuck, muchas gracias. Por favor deme su celular. Debo cortar en estos minutos. Pero le devuelvo el llamado y le informo dónde debemos encontrarnos el día de hoy.
Le compartí mi teléfono y ella, sin siquiera esbozar una fórmula de despedida, cortó el teléfono.
IV
El primer experimento narrado por la mujer era protagonizado por una chica llamada Lenina. Durante mucho tiempo pensó que la pareja de su madre no la quería y así se lo hacía ver. Verdaderamente no sabía que la amaba y se pudo cerciorar de aquello el día en que fue sometida al mecanismo. Ella, que se encontraba en la cabaña, veía a lo lejos chapotear a su madre en el mar soliviantado. El padrastro durmiendo en las orillas. De pronto, la mujer perdió las fuerzas y comenzó a gritar. Los consejos del equipo no permitían participar en el ensueño, de lo contrario, era probable que este plano se mezclara con la realidad, trayendo ulteriores graves perjuicios. Con estupor contempló cómo su madre se ahogaba, en tanto su pareja dormía bajo el ardiente sol del Pacífico.
Pero el amor logró despertarlo y, al ver la acción desesperada, el hombre corrió a su socorro. Logró traerla a la orilla, sin embargo, él, agotado en extremo, convulsionó y sucumbió, movido por las orlas espumosas de la orilla.
Al volver en sí, Lenina cambió su actitud hacia su padrastro; sólo se logra valorar, aquello que alguna vez se pierde.

V
- Sólo requerimos gente que a su entera voluntad se someta a la pérdida y que no cometa la imprudencia de traspasar el límite entre el ensueño y la realidad. Eso puede ser funesto.
- ¿No lo tienen claro aún? – pregunté.
- No. La ciencia, a diferencia de lo que cree el común de la gente, es inexacta por naturaleza. Usted requiere saber si ama verdaderamente a su mujer. Nosotros probar o calibrar nuestra máquina.
- ¿Qué riesgos corro en este juego? – indagué con seria curiosidad.
- Ninguno, salvo el que le mencioné.
Luego de conversar escrupulosamente sobre algunos puntos, comprometí mi participación en el experimento. Lila me iría a buscar al mismo sitio, el siguiente día. El último requisito: no llevar monedas, llaves o algún objeto metálico. Todo, además, debía quedar en estricto secreto, quedándoseme prohibido hablar de esto o siquiera mencionarlo en cualquier nivel de plática.

VI
Lila había llegado más temprano de lo presupuestado. Se acompañaba de dos tipos de traje negro lo cual ciertamente me descolocó; sin embargo, traté de guardar compostura. Me hizo sentar en el asiento trasero de un automóvil rojo, acompañado a cada lado de los hombres, quienes, a poco andar, me vendaron los ojos, so pretexto de resguardar en secreto el sitio exacto del laboratorio al cual que me llevarían.
Debo decir que perdí lo que llaman noción del espacio; mi respiración se tornó nerviosa, y varias veces en el camino Lila me consultó si estaba bien, que lo mejor para el éxito del proyecto era que estuviese tranquilo. Yo le respondía que la agitación se debía a cierta agorafobia no diagnosticada, pero que no era algo muy serio. Luego de algunas vueltas, el auto se detuvo, fui ayudado a bajar de él y me encontré en un lugar de estacionamientos. Podía inferir que se trataba del subterráneo del algún viejo edificio del centro de la ciudad.
Caminamos en silencio hacia el ascensor. El habitáculo de madera corroboraba lo vetusto de la construcción global: poseía aplicaciones de madera, ciertos sectores con espejos y los botones de plástico ostensiblemente gastados. En algunos sectores se apreciaban huellas de carteles arrancados con furia. No podía leerse con exactitud el contenido de los mismos, salvo una palabra que sobrevivió al despojo irascible del censor: SINDICATO. Lila, en una actitud que consideré insólita, trasladó su cuerpo al objeto de mi desazón y permaneció allí, como ocultando la palabra sobreviviente. Pronto el marcador llegó al piso cuarto y el vértigo me asoló como cuando siendo un pequeño jugaba en los ascensores del edificio en que vivía mi abuelo.
Luego de caminar por un pasillo oscuro hasta el extremo, Lila presentó una tarjeta plástica color pálido y la puerta se abrió. Pero los dos hombres, según instrucciones se quedaron afuera, acompañándome, hasta recibir instrucciones de la mujer para poder ingresar. Observé con parsimonia las fundamentales líneas del departamento, el mosaico de color único que cubría las paredes. Lejos, oí a dos mujeres hablar entre sí. El silencio del lugar me permitió distinguir el timbre de ellas, sin embargo, no lo que lograban articular. Uno de los hombres que me acompañaban se tornó algo nervioso y sacó un cigarrillo de entre sus ropas. Un rato más, distinguí que la plática subió de tono; el otro guardia, me miró y se dirigió a la puerta. Golpeó con discreta fuerza tres o cuatro veces. El diálogo tras este trámite se detuvo y Lila abrió la puerta. Me pidió disculpas y rogó que hiciera ingreso al departamento. Los dos hombres pasaron después de mí.
El espacio asombrosamente era más amplio de lo que mis expectativas lograron prever. Tras una sala sólo adornada con muebles de madera y algunas plantas de interior, se lograba divisar un cuarto pequeño en el que descansaba una especie de sillón enorme, dotado con toda clase de cables que iban a parar a una máquina luminosa, del tamaño de un estante. Los variados colores contrastaban con lo lúgubre del lugar. Lila me dijo algo así como “esta es la maquinaria de la cual hablamos”. Con la ayuda de los dos hombres, crucé la sala y me ubiqué a un costado del sillón. Un hombre con delantal blanco, de mediana estatura, esperaba tras la puerta. Su presencia no anunciada me produjo cierto temor, pero rápidamente Lila, reconociendo mi incomodidad, le refirió de mí al señor, tratándolo como doctor Proto. El facultativo me extendió la mano, pronunció diplomáticas palabras y, antes de invitarme a subir a la maquinaria, me repitió los requerimientos esenciales, a saber: no portar elementos metálicos, estar tranquilo, no traspasar los límites del ensueño.
Percibí a Lila observarme tras la ventana de la habitación. Los otros dos hombres se instalaron a cada lado de la puerta, seguro resguardando no cometiera una aberración que atentara contra el experimento.
Debo decir que no sentí miedo, salvó una ligera inquietud, tal vez la emoción del primer paso, la expectativa de que aquél podía cambiar el curso de mi existencia. Pronto me dejé guiar por los latidos que en placenteros breves golpes de electricidad, lograba sentir por mi cuerpo. Estaba ingresando al mundo del ensueño.
Nora caminaba por la avenida de la ensenada cargando su habitual morral violeta. A grandes zancadas lograba sobrepasar las veredas; delgada, con su nariz algo aguileña y su frondoso cabello castaño oscuro, parecía un ave huyendo de las bandadas. La lograba divisar muy lejos; dos cuadras nos separaban. Por eso apuré el tranco, esperando darle una sorpresa, como aquellas primeras veces, las del romance despreocupado, el que consagró el exilio del yo en plenitud. Todo era real; Nora iba a la Universidad a cubrir unas horas en Semiótica y yo, me había escapado por un rato del trabajo para sorprenderla. Crucé la vía y, de pronto, todo se vino a negro. Dicha oscuridad, no obstante, se parecía a la suspensión del mundo en su todo, no a la percepción individual de las tinieblas. Pero luego todo volvió a la normalidad. Esta vez, más cerca de ella, lograba sentir las dormidas emociones que hacía años no experimentaba, pero mi raciocinio, trataba de filtrar sus efectos. Los gritos de una mujer a lo lejos. Y volteaba para buscar esa voz que parecía tan lejana, como existente en un mundo paralelo. Caminé, sin desconcentrar el rumbo hacia Nora, que doblaba la esquina en dirección a la casa de estudios. Entonces lo peor: el ruido de un automóvil, cortando la coherencia de los ruidos, los gritos de la gente, el golpe de un puño metálico sobre la pared y Nora, perdida entre los furibundos actos de la multitud. Con estupor observé, tras el despeje de los cuerpos, que existía uno yacente bajo el automóvil chocado. Corrí a su auxilio, mas recuerdo en el instante la prohibición de traspasar el límite de lo onírico que, a decir verdad, de sueño no poseía nada, salvo por un detalle: un odioso diálogo entre mujeres que se interponía en el plano de lo que he estado viviendo. Entonces el mundo oscuro, nuevamente suspendido. Todo se acabó, como si fuese un apagón eléctrico y oí la palabra SINDICATO, la discusión de mujeres, más voces en las tinieblas y de vuelta al trágico escenario. La ambulancia llegó rauda y los paramédicos levantaron el malherido cuerpo de Nora, que aún parecía vivir. Sentí que la amaba verdaderamente y que estaría dispuesto a dar mis entrañas para rescatarla de este trance. Tomé un taxi que procedió a perseguir la ambulancia en su búsqueda de una clínica cercana. Pero todo se fue a negro y una fuerza superior me abstrajo del automóvil. Mi cuerpo entonces convulsionó poseso y en la desesperación abrí los ojos. Una mujer entrada en edad, vestida de blanco, jadeaba con el médico, en tanto sostenía en las manos un grupo de cables. Me vi despojado de ellos, supuse, por eso el corte, las voces, la oscuridad en medio del ensueño. Los dos hombres trataban de ingresar al cuarto cerrado y, en la desesperación por hacerlo, rompieron el cerrojo. Aproveché el descuido para desconectarme de los diodos que aún alojaba en mi cuerpo y huí lejos, mientras oía la voz de la vieja que gritaba: SINDICATO, SINDICATO.
La luz de la avenida me encandiló, la ciudad se hallaba vacía; sólo un par de papeles corrían como fantasmas por el pavimento gris. Me dirigí a un teléfono público y busqué un par de monedas en mi pantalón. Mierda. No tenía ninguna. Entonces una cuadra más atrás las voces de los dos hombres. Me oculté en la cabina y recordé el viejo truco de los golpes precisos en el aparato. En el auricular el tono; marqué rápido el teléfono directo de Ashwell, tras cuatro o cinco pitazos respondió una voz desconocida.
- ¿Qué desea? – dijo con parca cortesía.
- Necesito platicar con Ashwell – pronuncié con desesperación. Los hombres se acercaban con paso raudo.
- Él no está acá. Toda la oficina ha salido.
- ¿Es que ha pasado algo? – apenas pronuncié y la voz se me quebró.
- Sí. La esposa de un funcionario de la empresa ha sufrido una desgracia – Su voz pareció profunda, como resonante en la inmensidad. Deseé con mis fuerzas estar viviendo aún en el ensueño – Disculpe. Debo cortarle. Tengo que atender otros asuntos.
Consumido por el pavor, fui llevado por los hombres de regreso al estacionamiento. Recuerdo que lloraba y en cada irrupción de llanto una enorme cadena me golpeaba las espaldas con furia.

FIN




Wednesday, October 20, 2010

FRENTE A MARIO VARGAS LLOSA


Por José Martínez Fernández

Un día de 1969 tuve la ocasión de ver en persona a Mario Vargas Llosa, allá en la Sede Velásquez de la Universidad de Chile, en Arica. El Aula Magna estaba llena de público.
Entre los que yo conocía habían varios profesores universitarios de Literatura de la misma Universidad: Enrique Margery, Eloy Cortínez y Óscar Hahn, entonces un poeta poco conocido y que está, casi seguro, a dos años de coronarse con el Premio Nacional de Literatura.
A mí me había enviado el director del diario LA CONCORDIA, Raúl Garrido García, quien admiraba profundamente al novelista.
En ese mar de público saludé a mis conocidos, entre ellos a Hahn.
Luego Hahn fue acosado por Cortínez, quien le decía que tenía que estar en el escenario principal junto a Vargas Llosa, pero el poeta no deseaba...incluso se puso rojo ante tanta rogativa. Al final, cedió.
En esa mesa de grandes hombres destacaba el ya consagrado Vargas Llosa y el prometedor Óscar Hahn.
Vargas Llosa fue el centro de todas las miradas y sus palabras fueron escuchadas con una actitud silenciosa que señalaba cuánto interés despertaba el autor de LA CIUDAD Y LOS PERROS.
Habló de los problemas sociales y de Latinoamérica. También de sus vivencias como escritor, como espectador de una sociedad dolorosa y echó a andar un poco su ironía frente a algunos hechos.
Cuando el director de LA CONCORDIA me pidió que le contara qué había sucedido le conté algo de aquello. Al día siguiente el título principal del diario llevaba una frase de Vargas Llosa.
Hoy, a 41 años de ese hecho, tengo una sensación sublime al recordar al novelista hacedor de una narrativa histórica, testimonial, irónica, alegre...
Yo leí, posteriormente, varios libros del gran arequipeño...En 1971 o 1972 los comenté en el diario señalado.
Si hay un novelista grande vivo en la lengua española Mario Vargas Llosa lo es.
Sus novelas nos han marcado tanto como las de García Márquez, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, Roberto Bolaño...Hombres que cuentan las vivencias -dolores y alegrías- de otros hombres, los hombres corrientes; que, sin embargo, dejan de serlo cuando los novelistas mayores los hacen personajes de sus textos.
El Premio Nobel a Vargas Llosa es lo más justo que pudo haber hecho la Academia Sueca. Ya estaba bueno de tramitaciones.
En 2007, días antes que se otorgara el Nobel de ese año, escribí una crónica publicada en varios medios que titulé VARGAS LLOSA MERECE EL NOBEL...No se le otorgó. Fue una injusticia.
El gran novelista peruano merecía ese galardón desde hacía muchos años.
Alumno aventajado de Flaubert, el grande narrador del siglo XIX; y de dos maestros del siglo XX: Faulkner y Dos Passos, en estos últimos, también reconoce influencia García Márquez.
LA CIUDAD Y LOS PERROS, CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, ELOGIO DE LA MADRASTRA, LA FIESTA DEL CHIVO y muchas obras suyas nos cuentan la epopeya de la Latinoamérica tocada por la espuma oscura de las dictaduras, de la injusticia, y también de la realidad viva de las diferentes existencias humanas...
Es un MAESTRO y qué MAESTRO.
Como alguien dijo tras este Nobel...No ganó VARGAS LLOSA, el Nobel ganó con VARGAS LLOSA.
En el fondo de sus tumbas han de aplaudir Vallejo, Neruda, la tierna Mistral y todos aquellos líderes de la palabra bella en lengua española del siglo concluido hace una década.
El Perú ha de estar de fiesta.
Mario Vargas Llosa es un genio y el Nobel un producto añadido a ese genio.

Sunday, October 10, 2010

OSCAR HAHN, ARICA Y MARIO VARGAS LLOSA


Óscar Hahn en El Mercurio (domingo 10 de octubre)

Los hechos ocurrieron en 1969. Yo había viajado a Tacna desde Arica, acompañando a Enrique Lihn, que debía tomar un vuelo a Arequipa. Estábamos esperando que llamaran para embarcar, cuando vemos con estupor que aparecen Jorge Edwards y Mario Vargas Llosa, acompañados de sus respectivas esposas. Acababan de llegar de Arequipa en el mismo avión que debía abordar Enrique Lihn. Jorge se alejó con unos amigos, Enrique desapareció en la sala de embarque, y yo quedé ahí solo con Vargas Llosa, que era asediado por una legión de periodistas y fotógrafos. Pero él siguió conversando conmigo, como si nada. Estimulado por su buena onda, me atreví a invitarlo a la Sede Arica de la Universidad de Chile, a dar una conferencia. Le dije que podríamos alojarlo en un muy buen hotel, pero que no teníamos ni un centavo para honorarios. Repuso que estaba bien, pero que ponía una sola condición: que lo llevara a conocer el Morro de Arica. Contó que un antepasado de Patricia, su esposa, había combatido en ese lugar y que para ellos sería muy emocionante visitarlo.

Al día siguiente partimos hacia Arica. Él iba en el auto sentado al lado mío. En esos años había publicado sólo dos novelas: "La ciudad y los perros" y "La casa verde", pero ya era el benjamín del boom . Le pregunté si estaba trabajando en otra novela. Me dijo que se dedicaba a reunir información sobre un curioso plan del Ejército peruano para llevar grupos de prostitutas llamadas "visitadoras" a una guarnición de la Amazonia. Confesó que tenía problemas con el título del futuro libro. "Una posibilidad -dijo- sería ponerle el nombre del protagonista". A esas alturas yo ya había tomado confianza, así que me animé a decirle: quizás podría ser simplemente "Las visitadoras". "Bueno", dijo él, lo que está claro es que la palabra "visitadoras" tiene que aparecer en el título". Recuerdo también que en un café de Arica hablamos de Borges y que en un momento se puso a recitar de memoria los primeros párrafos del cuento "Los teólogos". Cosa que me pareció sorprendente, porque el tipo de narrativa que escribe Vargas Llosa tiene poco o nada que ver con lo que hace Borges, pero demuestra que es capaz de admirar propuestas completamente distintas a las suyas.

Desde esos lejanos días de 1969 me he reunido con él varias veces, en Estados Unidos, Perú y España. La más reciente fue a fines del año pasado. Jorge Edwards, viejo amigo de Vargas Llosa, se encontraba de paso en Madrid y me llamó al hotel para decirme que Mario nos esperaba en su casa. De esa conversación lo que mejor recuerdo es un diálogo muy enriquecedor sobre Víctor Hugo. Vargas Llosa, además de notable narrador, es un ensayista literario de primera categoría. Acababa de publicar un estudio sobre "Los miserables". Salimos de la casa de Vargas Llosa a la noche madrileña. "Gran escritor y gran persona", dijo Jorge Edwards, mientras caminábamos. "Así es -dije yo-. Ojalá que algún día le den el Premio Nobel".

Thursday, October 07, 2010

MARIO VARGAS LLOSA OBTIENE EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2010


FRANKFURT.- La noticia del Premio Nobel de Literatura obtenido esta mañana por el escritor peruano Mario Vargas Llosa fue reibida con alegría prácticamente unánime en la Feria del Libro de Frankfurt, considerada la más importante en su categoría, y donde hoy se reúne la mayor parte del mundo literario universal.

Por un lado, la alegría obvia de sus editores en Alfaguara fue reconocida por la directora de la editorial, Pilar Reyes, quien reconoció que no esperaban el galardón para este año, aunque subrayó que es plenamente merecido. "Es el intelectual más importante del español. No lo esperábamos aunque se lo merecía desde hace mucho tiempo", afirmó.

Las primeras ediciones de los libros de Vargas Llosa solían tener una tirada de entre 300.000 y 400.000 ejemplares, pero la editora cree que la cifra subirá con la noticia del Nobel, y recordó que su nueva novela, "El sueño del celta", tiene fecha de publicación el próximo 3 de noviembre.

Así mismo en Suhrkamp, la editorial alemana de las obra de Vargas Llosa, saltaron de satisfacción al conocer la noticia: "Estamos sumidos en una gran alegría", fue la reacción de Ulla Unseld-Berkéwicz, su directora. "Es una decisión fantástica. Es un escritor comprometido, político, que rescata la memoria, que busca un mundo nuevo".

Rosi Bedoya, secretaria personal de Mario Vargas Llosa, dijo sentirse "realmente muy emocionada" al conocer la noticia de que su jefe es el galardonado de este año.

También la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, expresó su alegría refiriéndose al autor como un "trabajador incansable" que ha ofrecido "una obra maestra tras otra, tanto en el campo de la novela como del ensayo, el teatro o el periodismo".

El director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, también mostró su satisfacción, y aseguró que la concesión del premio al escritor peruano es "motivo de gran alegría y honor" para el organismo, y algo que sus miembros esperaban "ansiosamente" desde hace años.

Entre los escritores presentes en el encuentro literario, los argentinos Claudia Piñeiro y Sergio Olguín, también mostraron su satisfacción. La primera mencionó a Vargas Llora como uno de sus escritores favoritos, mientras que Olguín calificó el Nobel para el peruano como "la reparación de una injusticia".

"Es el escritor de lengua española que más se lo merece. Es la reparación de una injusticia porque se lo debieron dar hace mucho tiempo", agregó.

También Javier Marías consideró que el de Vargas Llosa es "uno de esos premios que nadie o casi nadie va a discutir. Me he alegrado muchísimo, así como hay algunos Nobel a veces un poco enigmáticos, por decirlo de manera suave, en este caso es un premio completamente diáfano, plenamente justificado, y me ha dado una gran alegría".

Pero en medio de la alegría generalizada, hubo algunos que no quedaron muy contentos con la elección de la Academia Sueca. Entre ellos se encuentra el novelista y ensayista argentino Alan Pauls, quien comentó que "es un premio que me deja completamente indiferente".

Pauls consideró que el Nobel "premia una personalidad literaria más que una obra" y recordó que "muchos que lo merecían no lo recibieron, y muchos que lo recibieron no lo merecían". El autor de "Wasabi" y "El factor Borges" admitió además que Vargas Llosa no lo ha conmovido especialmente, aunque "como escritor tiene algunas novelas buenas".

Saturday, August 07, 2010

FLORES SALGADO GANA PRIMER LUGAR EN CONCURSO DE PROFESORES INNOVADORES



El profesor y escritor Roberto Flores Salgado obtuvo el primer lugar, categoría colaboración, en el Concurso de Profesores innovadores del portal Educar Chile. De este modo conforma junto a otros tres docentes la selección chilena que representará a nuestro país en el Latinoamericano que se desarrollará a fines de agosto en Panamá.
Más información en www.educarchile.cl

Tuesday, August 03, 2010

FLORES SALGADO FINALISTA A PROFESOR INNOVADOR



El profesor y escritor Roberto Flores Salgado, es uno de los 25 finalistas del Concurso de la Red de profesores Innovadores del portal Educar Chile, participando con su proyecto "El Foro como articulador de plataformas virtuales en beneficio de los estudiantes".
Para ver el video y votar por esta iniciativa, debe visitar www.educarchile.cl
El viernes 6 de agosto se conocerán los resultados. Los ganadores de las cuatro categorías, viajarán a Panamá al Foro Latinoamericano de Profesores Innovadores.